jueves, 27 de mayo de 2010

Mis razones para escribir (Luis Besa)




Vanidad, expectativa de lucro y, sobre todo, risa y placer. O al menos eso pensaba.

Un día fui al zoo de Madrid, nunca olvidaré la pirámide de los papiones. Arriba, Papionazo, gordo, lustroso y solo. Los primates somos así; por afán de notoriedad consumimos cantidades ingentes de tiempo e ingenio, todo sea para estar gordo, lustroso y solo, sí, pero descollando en la cima de la pirámide. A resultas de mi encuentro con Papionazo comprendí que había que replantear la cuestión. Cuando una causa es tan global que vale lo mismo para un mono que para el hijo de mi padre, esa causa se convierte en mero comodín, vale para todo, luego no explica nada. A fin de cuentas, ¿puede concebirse algo más triste que renunciar a ser el protagonista de tu vida?

¿Vanidad?, baahh…

Pasemos a la expectativa de lucro. No juego a la lotería pero tampoco me resigno a cagarme en todo cuando el cuatro de julio tengo la extra tiesa y las vacaciones por pagar. Mi ilusión particular es buscar una editorial que juegue a la lotería por mí. Necesitaré mares de suerte, sí, pero tal vez algún día a Jorge le vendan una plaza de socio en el golf de La Moraleja (caso de que admitan editores, que me extrañaría). Por mi parte, dejaría algún pluriempleo y me compraría –de una tacada- horno pirolítico, un corta césped de gasolina, un curso de ultraligero. Sin chanchullos de letras ni pagos a 24 meses. De un golpe y en billetes de 50. Ahora bien, miro a mi alrededor y en la rifa del “salga de pobre escribiendo” hay otros 50.000 boletos (por lo menos) y, de momento, yo sólo juego con uno. Bastante será que a Jorge y a mí nos toque el reintegro. O sea que tampoco. Con las quinielas hay más probabilidades y es menos cansado.

Risa, placer, etc…

Escribo porque me parto. Es la verdad. Y resulta que tampoco conozco tantas maneras de pasármelo bien. A diferencia de Claudio Cerdán, no me va el rollo de amorrarme a Sálvame de Luxe y mandar SMS solidarios a Belén Esteban lamentando su cistitis. Ni salir de compras al “Luz de Castilla”. Ni las ferias medievales. Odio cordialmente las gilipolleces que monta el ayuntamiento para que gilipollas como yo hagamos bulto en titulares del tipo “Catorce mil gilipollas en…” A veces pienso que debería cultivar un huerto. Algo así como mi vecino, plantar lechugas, tomates y flores, pero las veces que lo he intentado he descubierto que un cuarto de hora dándole a la azada cansa. Cualquier otra actividad física no retribuida no es procesable en mi sistema operativo.

Antiguamente frecuentaba bares y restaurantes, en la barra me llamaban Don Luis y yo les respondía por el nombre y apellido y les preguntaba por los críos. Me cocía a Riojas y Riberas y de remate orujos El Afilador, pero entre la ley antitabaco, los puntos del carnet y lo jodidamente caro que está todo, cada día me pilla más abúlico. Ya no conozco a los camareros. Viajar al extranjero es algo que sólo haría por cosas del trabajo y llegado al caso.

No es tan fácil pasarlo bien. Tiendo a la sociopatía, y como tiendo a la sociopatía de vez en vez movilizo al niño, la niña y su madre y nos plantamos en plan terapia a alguna gilipollez de las que organiza el ayuntamiento. “Lo ves, Besa, esto no está tan mal”, me dice la parienta al confundir un rictus por el codazo que me arrea una gorda con un conato de sonrisa. “No está tan mal, una hora para aparcar, otra para sacar un ticket y otra viendo a un capullo hinchando burbujas gigantes”, pienso mientras digo, “claro cariño, esto es cojonudo”.

A veces es peor. Yo dependo de la rutina. Trabajo, salgo de trabajar, escribo una hora, juego un partidillo con el chaval en el jardín, repaso la lección con la mayor mientras frío rollitos o patatas y espero a que mi mujer termine del diario. Luego leo. Doy gracias a los dioses por ser un sociópata tan apacible y casero, y hago votos por el ritmo correcto del karma. Cuando por lo que sea el karma se trunca y estoy varios días sin escribir, a la vuelta soy como el que regresa de diez años en Sing Sing. Soy Atila cayendo sobre el teclado; le hago el amor a la máquina hasta que las teclas saltan y en la pantalla los colores se descalibran. Refugiados bajo la mesa camilla, los niños se santiguan acojonados. Soy así, escribo porque soy así.

Luis Besa

3 comentarios:

David Jasso dijo...

Hey, oye, el tipo de las burbujas gigantes es cojonudo de veras.
Por otra parte, te envidio: mi mujer no me deja comer ni rollitos ni patatas fritas.

Claudio dijo...

Cómo me conoces, bribón!!

Ciudado con los huertos, que los caracoles se comen las lechugas y los Besas se comen a los caracoles...

Sim dijo...

Joder Jasso, sin birra, sin rollitos, sin fritos... No me extrañe que estés escribiendo la versión definitiva del apocalipsis.

Claudio, esa es la idea, circuito cerrado. El caracol se come la lechuga, Besa se come el caracol, lo que sale de Besa vuelve a la lechuga... De esta manera podré pasar a la literatura profesional.

Estoy con la pata quebrada y en casa. Una señal del destino de que tenía mu abandoná la novelística. Suerte en la feria. Vended un montón, en bien de todos... Claudio, para tu presentación en Madrid, no olvides la silla de ruedas y entreabrir la boca para que la baba caiga... (si no tienes silla, Jorge te deja la que tiene la editorial para estos casos). Va muy bien para titulares del tipo "Estremecedora lección de superación personal de un joven yeclano..."